Beatriz Merino *
Planeamiento Estratégico: Arma de la modernidad

Para mí constituye especial honor dirigirles unas palabras en este día, cuando rendimos homenaje a la Primera Promoción de Fiscalizadores SUNAT al cumplir su décimo aniversario.

Me complace participar en esta ceremonia y en este auditorio que acoge no solamente a los integrantes de esa promoción, sino a los destacados profesionales que, desde el alto cargo de la Superintendencia, volcaron aquí su inteligencia, su audacia y, sobre todo, su voluntad de trabajo para convertir a la SUNAT en una organización sólida, respetable y seria a pesar de enfrentar condiciones adversas y un escenario político convulsionado por la arbitrariedad. A ellos debemos reconocimiento y respeto porque dieron todo de sí con los mejores argumentos: su integridad, su inteligencia y su vocación de servicio.

El primer deber que me impuse al llegar a la Superintendencia fue garantizar la continuidad institucional. Sé que las organizaciones no se desarticulan para dar paso a nuevas opciones o generar nuevas alternativas. Si están bien ensambladas, bien construidas, bien diseñadas, las organizaciones deben apoyarse en los principios de sus fundadores. Y si esos fundadores cimentaron los valores fundamentales, las organizaciones avanzan, se fortalecen y se consolidan porque han construido una cultura de éxito.

Esa es una de las razones por las que llego a trabajar diariamente a esta institución con entusiasmo y con impaciencia. En esta institución, que es gobernada y

piloteada por hombres y mujeres jóvenes, los que hemos llegado  recientemente –lo reitero-- lo hacemos con entusiasmo y con impaciencia. Y aprendemos diariamente de los jóvenes que gobiernan y pilotean esta institución, tan involucrados en sus tareas, tan comprometidos con sus visiones y aspiraciones, que bien vale la pena esforzarse pues nos unen, sólidamente, los mismos principios y los mismos valores.

Esta es una institución singular, bien lo saben ustedes. A lo largo de su existencia ha reclutado a hombres y mujeres jóvenes con alto nivel profesional. Los ha sometido a evaluaciones continuas y ha contribuido a reforzar sus fortalezas personales mediante la capacitación continua. Pero, en el mundo contemporáneo, eso no debe sorprendernos. Todas las organizaciones han debido ingresar a la modernidad mediante un inteligente manejo de sus recursos, privilegiando su atención en el talento de los jóvenes, en su potencial.

Pero, como decía, esta institución es singular porque su tarea no consiste en producir bienes que se distribuyen en el mercado, ni en posicionarse con relación a la competencia, sino, por el contrario, es una institución que brinda un servicio al Estado recaudando los impuestos que permiten redistribuir los ingresos en función de las necesidades. Y, precisamente debido a ese rasgo singular, esta institución tiene sentido en el mundo contemporáneo porque basa sus principios en torno de un eje fundamental,  la ética, que debe marcar a fuego nuestra conducta cotidiana en el trato con los contribuyentes, pero también con nuestros colegas y nuestros compatriotas.

Sólo una consistencia ética nos permitirá reconocernos como integrantes de un equipo con una cultura de éxito. La ética, pues, no puede ser sólo una referencia moral, un lema frío, sino la amalgama de todas nuestras acciones, de todas nuestras decisiones. Pero, asimismo, el valor de la ética se imbrica en los de la equidad y la justicia. Nuestra participación en el cuerpo social no puede desentenderse de estos valores.

Quiero recordar ahora lo que expresé en este mismo lugar el día en que llegué a esta institución. Aludí en esa oportunidad al rol del recaudador, tan cuestionado y zarandeado en épocas anteriores pues su imagen mostraba las taras inequívocas del  abuso y la exacción. Nada de eso permanece en nuestro quehacer actual. El rol del recaudador ha adquirido nobleza y dignidad, y está signado por su necesidad social.

Ahora, el recaudador es el agente que interactúa con los ciudadanos inmersos en la producción con el resto de los ciudadanos. El recaudador se pone en contacto con quienes alcanzan, con su trabajo, un excedente que se torna en sujeto de obligaciones tributarias, administra esos recursos con disciplina y orden, y los destina al Estado que, andando el tiempo, debe distribuir los recursos para atender las necesidades de todos. Así, pues, el recaudador contribuye con el Estado para que éste ejerza un rol redistributivo, no para el dispendio o el derroche, sino para el reparto equitativo.

Pero existe otro valor que nace en nuestras necesidades históricas. Los compatriotas que viven (o sobreviven) en la frontera de la legalidad o en las zonas marginales de nuestra sociedad carecen de recursos elementales. Por ello, debemos esforzarnos para que la recaudación  se maneje escrupulosamente para que, finalmente, también los integre. Y esa tarea debe estar marcada por la solidaridad, y debemos asumir que sin esa solidaridad no podremos sobrevivir como nación.

En la actualidad, la SUNAT enfrenta un duro reto: participar en un proceso que haga de la tributación un instrumento eficiente para el sostenimiento del Estado y el desarrollo nacional en un escenario en donde se superponen enormes carencias y expectativas acumuladas. Por fortuna podemos recurrir a la gran reserva moral del grupo humano que integra la SUNAT. Y, si bien somos conscientes de la necesaria reforma del sistema tributario nacional, entendamos que seremos agentes profesionales de su transformación si aportamos nuestra energía, pero también nuestro entusiasmo y nuestra impaciencia, para convertirlo en un modelo más eficiente, tanto en el servicio como en el control y fiscalización de los contribuyentes.

Por ello me complace saludar a los miembros de esta promoción de fiscalizadores. Porque ustedes han entendido que la ética tributaria consiste en realizar la tarea recaudatoria teniendo siempre en cuenta que su finalidad es colaborar para que los más necesitados accedan al bienestar y construyan una sana calidad de vida.

Sepamos que no habrá ética ni equidad ni justicia si nuestros funcionarios no están preparados para resolver los delicados problemas que la administración tributaria enfrenta día a día, si no cuentan con las herramientas necesarias para resistir los embates del poder y, sobre todo, para ofrecer un servicio eficaz y transparente a los ciudadanos.

Sepamos que, en un sistema tributario moderno, la inflexibilidad en el combate a la evasión tributaria no se debe confundir con la acción arbitraria o abusiva. A juicio nuestro, la evasión tributaria debe ser combatida bajo el tenor de las normas jurídicas. Somos enfáticos al señalar que las acciones que desbordan la legalidad y los derechos de los contribuyentes obran, asimismo, en contraposición de los servidores fiscales y de la misma institución.

Por estas razones, a la par de los jóvenes que trabajan en la SUNAT, estamos integrando, con entusiasmo e impaciencia, paulatinamente, su fuego creativo en el proceso de planeamiento estratégico, la verdadera arma de la modernidad.

En rigor, nada puede impedir que esta organización obtenga los resultados que el planeamiento estratégico nos evidencia. Si, como creo firmemente, está organizada, ingresaremos a pie firme, en el siglo XXI, preparados para adecuarla a la modernidad, esto es, a su excelencia productiva, a su cultura de éxito.

No quisiera terminar estas palabras sin una cita de Vítor Antonio Duarte Faveiro, el autor de Nociones Fundamentales de Derecho Tributario Portugués, y que quiere ser una síntesis de esta década de esfuerzos: “Que conocer al hombre, como ciudadano y como contribuyente, sea, para nosotros, los responsables de la fiscalidad, el primer principio. Que dignificarlo, a través del Derecho, la estructura y la acción sea, al final, el primero de los fines”.


* Superintendente Nacional de Administraci'on Tributaria