Miguel Pecho*
Pertenecer a la SUNAT es un compromiso con todo el país

Tengo el privilegio de haber sido elegido para pronunciar este discurso de homenaje a un grupo de amigos que, hace exactamente 10 años, decidió responder a un aviso publicado en un diario con el fin de postular a una entidad pública que requería los servicios de jóvenes profesionales de las mejores universidades del país.

Por aquella época, probablemente muy pocos de nosotros habíamos reparado en la noticia de que la Dirección Nacional de Contribuciones había cambiado su nombre por el de SUNAT en 1986 o que, en 1991, esta institución había iniciado una profunda reforma administrativa que años más tarde sería considerada la más exitosa de América Latina.

Por esa época, yo tenía 22 años y estaba próximo a terminar mis estudios de economía. Recuerdo que eran tiempos de mucha incertidumbre, de altas tasas de inflación y noticias permanentes de atentados terroristas, donde el sector público

no representaba para los egresados o estudiantes de universidades como la Católica, Lima o Pacífico una opción a tomar en cuenta para planificar una carrera profesional de éxito.

A pesar de ello, y sólo con la osadía y la ilusión que tienen los jóvenes por lo desconocido, todos terminamos sentados en este mismo auditorio el 16 de marzo de 1992 con una carta de aceptación de la SUNAT bajo el brazo, llenos de curiosidad por escuchar qué era lo que querían nuestros nuevos jefes de nosotros. ¿Qué era lo que querían? Pues que los ayudáramos a cambiar este país, que los ayudáramos a contribuir con el financiamiento del desarrollo sostenible del Perú, que permitiéramos que más peruanos pudieran beneficiarse con la construcción de carreteras, hospitales y escuelas, sólo mediante un control estricto del cumplimiento tributario de los contribuyentes del país.

Aquélla era una tarea titánica para un grupo de jóvenes novatos que tendrían que enfrentar, después de una capacitación de sólo dos semanas, a un país con escasa cultura de pago de impuestos y altos niveles de evasión e informalidad.

Recuerdo ahora mi primer día en el campo junto a mis amigas María del Pilar y Silvia. Yo era el hombre de la terna, pero sentía mucho más miedo que ellas dos juntas.  Nunca había dado un paso más allá de Miraflores, San Isidro o la de Lima, y de repente estaba en la Avenida Argentina, notificando a una planta industrial para revisarle sus declaraciones juradas, sus libros contables, sus comprobantes de pago y  el correcto pago de sus impuestos.

Debo haberlo hecho muy mal la primera vez (como, según creo,  todos ustedes), pero la segunda mejoré y la tercera también. Ganamos experiencia, comenzamos a trabajar con los antiguos funcionarios de la DGC, nos habilitaron dos pisos del edificio San Mateo, nos aumentaron el sueldo. Algunos pasaron a trabajar directamente con el duro José Luis García y el carismático Daniel Casella para planificar operativos más específicos, orientados a profesionales y vendedores del Mercado de Frutas, Polvos Azules y Polvos Rosados. Otros decidieron hacer patria y asumieron el reto de migrar a provincias para implementar las unidades de principales contribuyentes en el ámbito nacional, donde rápidamente asumieron el liderazgo de dichas oficinas. 

Con el inicio del ordenamiento administrativo de la institución, algunos de nosotros fuimos asignados a nuevas áreas: los economistas y administradores pasamos a las áreas de Recaudación, los abogados pasaron a Reclamos y la Jurídica, y algunos otros pasaron a apoyar las áreas de Administración. De esa forma, cada uno de nosotros empezó a desarrollar una carrera como administradores tributarios que nos ha llevado a obtener una visión muy particular de la SUNAT desde las diferentes posiciones que nos ha tocado ocupar.

A todos por igual, la SUNAT nos ha brindado, en una u otra forma, las mismas oportunidades de desarrollo profesional y humano, y ha permitido que crezcamos como líderes de opinión en temas vinculados al quehacer tributario. A mí me ha permitido pasar de las labores de auditoría de campo y atención al contribuyente a los viajes de evaluación operativa a las provincias, así como al diseño y análisis de la política y administración tributaria del país. Pero, por sobre todas las cosas, me está permitiendo construir una sólida carrera como economista, que es lo que siempre anhelé.

No quiero dejar de mencionar que, en esta sala, hoy nos acompañan compañeros que han ocupado los cargos de supervisores, jefes de sección, jefes de departamento y jefes de división en las unidades de Recaudación, Fiscalización y Reclamos de las áreas operativas de la SUNAT, Intendentes Regionales del interior del país, y Jefes de Oficinas Especiales e Intendentes Nacionales que, con su liderazgo, coraje y desprendimiento, han ofrecido y ofrecen largas horas de esfuerzo destinadas a mejorar la efectividad de los equipos de trabajo que tienen a su cargo.

Sin embargo, compañeros, también quiero decirles que hemos ayudado a construir a esta institución todos los aquí presentes y, sobre todo, aquellos que aún trabajan en las trincheras de la lucha contra el incumplimiento tributario y el servicio al contribuyente en las áreas operativas que, con el paso de los años, han mantenido inquebrantable su vocación por el servicio civil, orientada por principios y valores que se vieron amenazados por los lamentables sucesos de los últimos años que llevaron, en muchos casos, a sentir vergüenza por ser funcionarios de la SUNAT.

El gran reto, compañeros, es voltear la página y retomar las ilusiones de los primeros años con el único afán de dejar un legado de bienestar a nuestros hijos y las siguientes generaciones, mediante nuestro trabajo diario como administradores tributarios.

Después de nosotros han venido muchas promociones, y seguramente vendrán muchas más. Para ellos, yo les pido mucho apoyo, que los ayuden a crecer de la misma forma como otros hicieron con nosotros, que les cuenten sus vivencias en el mundo de la SUNAT, que les transmitan todos sus conocimientos y que, de esa forma, ayuden a la formación del capital humano que tanto necesita el país para lograr un desarrollo sostenido. Ayudemos a retomar la senda del crecimiento institucional.

Hoy existen cientos de jóvenes en la SUNAT llenos de ilusiones y con deseos de construir una carrera de administradores tributarios, como nosotros. A esos jóvenes quiero decirles que pertenecer a la SUNAT no solo es un reto profesional, sino un compromiso con todo el país, un compromiso con sus familias, con sus amigos y con todo aquel peruano que tiene la esperanza de vivir en un país próspero, moderno y pacífico.

No puedo terminar este discurso sin agradecer a nuestra Superintendente Nacional, la doctora Beatriz Merino, y a todos los ex Superintendentes Nacionales que hoy nos acompañan, por haberme dado la oportunidad de recordar una fecha tan especial para nosotros, por motivarnos a seguir con el compromiso de hombres y mujeres dignos, administradores tributarios dispuestos a desplegar el máximo esfuerzo profesional y personal para asegurar el desarrollo del país.

Quizás en 10 años más no estemos todos juntos aquí nuevamente, pero les aseguro que recordaremos, como lo hacemos hoy, aquel 16 de marzo de 1992 en que ingresamos a laborar a esta institución. En otras palabras, amigos de la Primera Promoción de Fiscalizadores, quiero comprometerlos de por vida a estar orgullosos de formar parte de la gran familia de la SUNAT.


* Intendente Nacional de Estudios Tributarios y Planeamiento